Creer o no creer en Dios


Comienzo por admitir de entrada que no creo en las religiones, en ninguna, aunque esto no significa que no crea en la religión como algo factual y hasta conveniente para la estabilidad emocional del ser humano. Interpreto el concepto de la religión más desde una perspectiva antropológica evolutiva y la entiendo como un fenómeno emergente que nació de predisposiciones cognitivas universales humanas, las que mediante creencias y rituales compartidos ayudó a suprimir el egoísmo individual, a cohesionar grupos aislados, fomentar el altruismo hacia los otros miembros del grupo (los otros creyentes). Sirvió y sirve como mecanismo de adaptación psicosocial (reduce la ansiedad individual) y, sobre todo, permite la cooperación y la cohesión a una escala más allá de los pequeños grupos de parientes o de bandas forrajeras ancestrales. Puras razones derivadas de un mecanismo de evolución.

La religión ayudó a crear civilizaciones, se ampliaron las más complejas y fueron más competitivas frente a otros grupos, actuaron de hecho como el primer y más poderoso sistema operativo social de la humanidad. Esta ventaja, por supuesto, fue cooptada por la élite cultural y la convirtieron en una herramienta para crear instituciones (iglesias) como las actuales, con las que amansan y alienan al rebaño humano. Las siete principales religiones monoteístas abogan por el amor entre hermanos, y todas se convierten por interpretación etnocéntrica y extremista en la excusa recurrente para matarse en nombre de su propio Dios. Particularmente detesto a la iglesia católica por el papel histórico, y porque son un mar de hipocresía, perversión, oscurantismo y falsas reservas de moralidad (no todos los que la ejercen son iguales, pero tienen que demostrarlo). Algunas creencias se escapan de estas características porque creo que son más filosofías de vida que religiones en sí mismas, aunque así las conviertan para atrapar incautos (la religión se fundamenta en la fe, la revelación divina y el dogma, mientras que la filosofía de vida se basa en la razón, la reflexión crítica y la experiencia personal). Una filosofía de vida atiende más al crecimiento personal, individualizado, que a la guía espiritual, que es la forma en que la religión considera a los feligreses, como si fuéramos un rebaño de pecadores condenados al infierno desde el nacimiento. Qué carga tan innecesaria.

Nuestra mente evolucionó con un impulso para crear, transmitir y defender creencias (asociadas con propósitos grupales) que tuvieran alguna utilidad para preservar la vida (esto es de por sí un tema aparte), fueran estas reales o no. Al proveer un marco de significado sobrenatural compartido, se pudo generar una identidad colectiva, se legitimaron normas morales y se ofrecieron mecanismos de control social (como el castigo divino, entre otras cosas). Esto redujo los costos de vigilancia (el vigilante es un ser supremo invisible y todopoderoso que nunca te quita los ojos de encima), de alimentación (rituales de contención y el valor del alimento en sí), desincentivó el comportamiento egoísta y fomentó la confianza entre extraños. La religión no fue un accidente cultural ni algo fortuito, sino una tecnología social adaptativa que cohesionó grupos a gran escala, facilitando la transición desde bandas nómadas (las avanzadas de sapiens que emigraban desde África, y las que se quedaron también) hacia civilizaciones que se asentaron en Europa y Asia (esta última, cuna de la espiritualidad). Ha servido como fuente de propósitos compartidos, a través de instituir ritos y ceremonias, y como reserva cultural de sanas costumbres y normas de convivencia social. Ese ha sido su mayor aporte en la evolución del sapiens.

Yo considero a las religiones como los contratos sociales de la antigüedad (igual a las Constituciones actuales de los países, normas y enseñanzas escritas en los textos sagrados que de paso son sagrados porque así lo impusieron, rodeándolos de un manto de divinidad), que se transmitían por prelados como cultura oral porque pocos sabían leer y escribir, aunque todos sí podían escuchar a los “pastores”. Las “enseñanzas” se utilizaban para instituir acuerdos que reducían la beligerancia, la fricción social, para enseñar a comer sano, para mantenerse limpios y reducir el contagio de enfermedades, para evitar endogamias, para proteger a los débiles. Seguramente, también era una forma de reducir la formicadera como conejos, porque la paridera era un problema de la subsistencia (por la escasez de alimentos), y entonces todo el cuento de la castidad como virtud y la virginidad exaltada era una especie de control psicológico de la natalidad (no habían inventado los anticonceptivos). Todo esto fue una maravilla como guía de supervivencia hasta que los romanos decidieron en el Consejo de Nicea unificar a su imperio a través de la unificación de la creencia, y ahí fue donde agarraron a un tal Jesús y crearon toda una historia: ese Consejo escribió una Constitución política.

Seguramente hubo varios “profetas”, porque el liderazgo es un don humano y animal, y quizás decidieron armar la historia alrededor de este nombre, porque hicieron encuestas y encontraron que ya alguien tenía cierto grupo de feligreses (por eso sospecho en favor de la existencia de un  Jesús, o de al menos alguien que hizo cosas extrañas en aquellos tiempos). Pero lo que diseñaron no fue para guiar espiritualmente a la gente, sino para aumentar el control y el poder sobre la población del imperio romano (ya en decadencia por esos años), por la vía de instalarles en la cabeza un dominio divino, un miedo del que no podían escapar y un propósito en la vida: servir al Señor.

¿Existió Jesús o no existió? No lo sé, pudo haber sido simplemente un “comodín”, otra metáfora con nombre para transmitir una sabiduría sincrética (culturas) que de paso no venían de esa fecha (año cero) sino que se remontan a tiempos anteriores a los egipcios. La religión católica se forjó a partir de un montón de religiones y escritos anteriores (los evangelios), incluyendo la judía que también venía recogiendo cosas y tradiciones, agarraron a los argumentos más convenientes para el objetivo político y los compilaron en la Biblia (la biblia -ta biblia- significa “los libros” en griego, es decir, ni siquiera lo nombraron en Arameo, que sería lo que Jesús habría hablado en su tierra y en su tiempo).

Fíjate que todas las fechas asociadas con la vida de Jesús son hitos astronómicos, tienen que ver con los solsticios y equinoccios, conocimientos que servían para ordenar las épocas de siembra y cosecha (si el cristianismo hubiera surgido en el hemisferio Sur, posiblemente la navidad sería en junio, cuando es el solsticio de invierno en el Sur y se aproxima la primavera). La Navidad, que en realidad es una deformación de la palabra Na-TI-vidad, se refiere al nacimiento de las semillas, al inminente brote de los cultivos porque el frio invierno comenzaba a ceder y venían los tiempos de crecimiento y cosecha; y no tiene nada que ver con la natividad o nacimiento de Jesús, que nadie sabe cuándo fue. El tema de la resurrección de Jesús al tercer día, asociado con el fenómeno del solsticio (sol quieto) que hace como que el Sol se queda quieto y sale de nuevo (resucite) al tercer día, claramente referido con la adoración al Sol. Pura simbología astronómica como plan regente para la agricultura.

Otra cosa distinta, aunque conectada intencionalmente con la religión (recuerda la simbología del astro rey que era el Sol), es la existencia de Dios. Se supone que este es el ser que lo vigila todo, es omnipresente, es a quien tienes que rendirle cuentas si te portas mal, quien te ayuda cuando se lo pides con suficiente fe, y que además es capaz de perdonar toda una vida de abusos y excesos, de daños al entorno y a tus semejantes, si sólo al final te arrepientes; pero si vives siempre como un santo y al final le miras con morbosidad el culo a la vecina, entonces él mismo te manda para el infierno. Pues mucha de la simbología de la religión cristiana, y de las religiones y tradiciones en las que esta se forjó, está asociada con el verdadero dador de vida: el Sol. La vida existe en la tierra gracias al Sol, y la adoración ancestral es absolutamente natural porque entendían que era lo que producía lo necesario para vivir. Guiaba los ciclos de siembra y cosecha, los movimientos de nubes en el cielo, las lluvias, las sequías, secaba los granos, se encargaba de absolutamente todo. Era lógico que se le adorara, siempre fue el regente de los ciclos de vida para los seres humanos, al menos desde la revolución agrícola y el inicio de la historia, hace unos 10 mil años (el Holoceno, luego de finalizada la última glaciación). El problema fue haber establecido un simbolismo en lugar de haber mantenido la adoración explícita a la estrella, la adoración a esa estrella que daba la vida fue transferida y personificada en una deidad simbólica. Ahora el Sol era el astro celestial y el rey de reyes. Imagínate el salto semiótico.

¿Qué pienso yo sobre la existencia de Dios? Que no existe, pero sí existe algo a lo que de alguna forma y en algún momento se le pudo haber comenzado a llamar Dios (quizás asociado inicialmente con el Sol, según mi especulación anterior). Para mi no existe Dios desde la perspectiva en que lo presentan las religiones, como una especie de ser supremo y superior que controla todo y está en todas partes. Eso es una conveniente reducción simplista para dominar, extremadamente peligrosa, porque coloca la responsabilidad de lo que hacemos y no hacemos, fuera de nosotros y en manos de ese ser superior que nos quiere mucho y no nos abandona nunca (a menos que morboseemos a la vecina). El libre albedrío es una trampa católica para sentarte en el banco de los acusados frente a un Dios que nos vigila desde sus reglas. Así que para mi, esto es un error ontológico, porque Dios no sólo es todo lo que existe, sino que yo también soy Dios, porque también soy parte de lo que existe y formo parte de la existencia. No es que yo me crea ser Dios, sino que Dios no sería algo fuera de mi: yo soy parte de lo que se llamaría Dios. Y lo que existe es lo que ha venido equilibrándose en la naturaleza desde que comenzó la vida en la Tierra, hace más de 3.500 millones de años.

Semejante equilibrio entre todos los seres vivientes y su entorno (el bioma terrestre) es el milagro de la vida, tal cual la conocemos hoy. Dios soy yo cuando medito sobre mis acciones y tomo decisiones, y luego asumo responsabilidad por lo que hago y por lo que afecto a los demás. Si daño a lo que me rodean, pues “Dios” me castiga haciéndome vivir en un ambiente hostil (no fue “Dios” quien me castigó, sino yo mismo que cagué el equilibrio tratando mal y con desprecio a las personas que ahora me hacen la vida de cuadritos). Si quemo el bosque del que me alimento, pues Dios me castiga con la muerte por inanición (obvio, un simbolismo que representa el ciclo de la sostenibilidad). Si obro de buena fe y respetando, amando y tratando a los demás como me gustaría que lo hicieran conmigo, pues Dios estará conmigo. De bolas, Dios me devuelve lo que entrego, la vida me devuelve lo que le entrego, porque así es el equilibrio de la vida y la vida en equilibrio. Toda esa correspondencia entre lo que hago y lo que recibo está escondida debajo de un millón de metáforas y simbolismos indescifrables en la Biblia para que nadie las entienda y nos quedemos sólo con el temor a Dios. En cada pasaje de los textos sagrados hay una explicación para mejorar la convivencia, porque es lo que alegra a “nuestro señor jesucristo” ¿Por qué coño no se le dice a los lectores de la Biblia que “nuestro señor jesucristo” es un simbolismo para referirse a uno mismo como receptor y responsable de lo que hace? Siembra tormentas y cosecharás tempestades. Todas las enseñanzas de la Biblia y de los otros textos en los que he curioseado, son justamente eso: cómo comportarse para convivir en paz con los vecinos, y cómo llevar la vida para mantener la salud y el bienestar colectivo. Era el contrato y guía social para mejorar la supervivencia en comunidad durante aquellos años. Lee cualquier parábola de la Biblia y trata de entenderla en estos términos, para que descubras que no estoy inventando.

En los escritos de algunas filosofías de vida (Budismo, Santería, Hinduísmo, etc.) se recurre también a simbolismos parecidos para representar a los principales elementos que conforman el equilibrio de la vida. Son “humanizados” para otorgarles una figura humanoide aunque asociados con un poder divino. En el fondo, somos nosotros mismos como seres humanos, pero disfrazados y ungidos de divinidad: “creados a imagen y semejanza de Dios” (obvio, somos nosotros mismos en nuestra relación con el entorno y la sostenibilidad), pero se presentan estratégicamente como dioses para magnificar su valor simbólico y para ubicarlos por encima de lo mundano (esto no lo crearon estúpidos, sino personas que conocían de mercadeo y psicología humana, que siempre han existido en la historia de la humanidad). Así como los filósofos de la ilustración que “elevaron” al ser humano por encima de la categoría ontológica de los animales, y se olvidaron que seguimos siendo monos. De esa forma, se crea un temor a lo divino, por desconocido y supremo, que nos obliga a rendir cuentas y pleitesía, es decir, es una forma muy sutil y amenazante de decirte que le tienes que hacer caso a lo que ese símbolo místico diga. O te sale castigo (en palabras actuales: si quemas el bosque, te mueres – ¿te lo explico más claro?).

El principal y el que pareciera un gran problema con las religiones en la actualidad es que andan en esa pendejada de seguir expresando todo con metáforas y simbolismos, manipulando el discurso en lugar de hablar claro y raspao, con un lenguaje común y contemporáneo que lo entiendan todos, incluyendo a quienes no creemos que sean válidas todas las prescripciones de las escrituras, aunque mantengamos el respeto por las enseñanzas que contienen. Esas metáforas se utilizaban antes para asustar a la gente, para meterles miedo como única forma que conocían para estimular (obligar) al cumplimiento de las normas (textos sagrados): si no crees en Dios, te vas al infierno. Hoy esa paja no funciona, pero debes saber que si no respetas la ley, te vas a la cárcel. Lo que pasa es que ese adoctrinamiento de la fe es una tentación muy útil para mantener al rebaño amansado y domeñado, ha demostrado su eficacia durante miles de años. Entonces, ¿será que la élite cultural sigue cooptando nuestra necesidad de referencia espiritual para mantenernos como esclavos, ahora de la producción económica y la renta? Te recuerdan: “Primero pasará un camello por el ojo de una aguja, antes que un rico por las puertas del cielo”. La manipulación del discurso que hacen los “intérpretes” (los pastores modernos, habladores de paja profesional) con los textos religiosos, es justamente para presentarse como intermediarios iluminados entre Dios y los pecadores (es un lenguaje esotérico), ellos en sus visiones se comunican con Dios, y este los utiliza para que le expliquen a los brutos, como tú y yo, cómo deben comportarse según las escrituras, que las acepten como leyes de los hombres. Haciendo una búsqueda simple en internet, llueven portales de bichos como estos, aprovechándose todos del gran negocio: la industria de la fe (es la décimoquinta economía en volumen a nivel mundial, llena de pastores obesos y ostentosos).

En cuanto a la comunión como seres de una misma esencia, lo que nos une a todos los seres vivos es el origen común: todos venimos del polvo cósmico. Además, hemos acumulado en nuestros genes y recordamos el recorrido evolutivo desde los primeros organismos vivos hasta ahora, le hemos ido añadiendo lecciones de supervivencia en cada etapa pero ninguna ha sido descartada, por lo tanto somos desde amebas hasta homo sapiens. La organización en sistemas orgánicos que ha evolucionado en la Tierra es extraordinaria, sin embargo, sigue siendo una combinación de simples elementos químicos que mantienen vibraciones específicas (esto de hecho se aprovecha para estudiar la composición química de la masa, se llama espectroscopía). Así que somos un mar de vibraciones, y la vida se ha ido asociando en términos de resonancia, porque es cuando las frecuencias se acoplan por similares y se produce la mayor transferencia de energía. Si nos relacionamos con la frecuencia que nos “conviene”, pues obtendremos el mayor provecho porque habrá el mayor intercambio. Eso incluye a la asociación por resonancia con las personas (que tienen sus propias frecuencias y que se manifiestan a través de sus formas de vida), los alimentos que nos favorecen, los animales con que “sintonizamos”, las horas del día que nos alegran o inspiran y la luz que nos ilumina, la influencia de la Luna. Somos puras vibraciones, percibimos por ellas y nos perciben por ellas. Es posible que los halos que tienen los “santos” (otra simbología más) sean la representación de esas luces que emitimos en formas de vibraciones (la luz es otra forma de vibración). Atender al efecto de las vibraciones es reconocer lo que nos conviene (por ejemplo, compartir con personas a las que nos parecemos, que tienen la misma “vibra”).

Estar pendientes de las vibraciones que nos rodean es estar pendientes de lo que nos favorece, siempre que las identifiquemos como provechosas serán así beneficiosas para nuestro equilibrio, del mismo modo, siempre que identifiquemos algo como pernicioso (desequilibrante), porque vibra en una frecuencia muy diferente a la nuestra, entonces debemos evitarlo (personas, alimentos, situaciones, etc.). Por ejemplo, la ayurveda es una disciplina que atiende a las vibraciones y señales del cuerpo, es la búsqueda del equilibrio y el aprendizaje a partir de la observación. Mi propia aceptación a este sistema de curación es porque entiendo que no se trata de conducir u obligar al cuerpo a la sanación combatiendo a las señales (como lo hace la alopatía), sino utilizando lo que ya existe, aceptar cuál es el equilibrio original que la naturaleza ha logrado (resultado de la evolución), cómo está conformado ese equilibrio (identificación simbólica de los tres doshas: Vata, Pitta y Kapha), y ayudar a recuperarlo desde la propia naturaleza, con recursos que esta ya tiene y que le han ayudado a sobrevivir durante miles de millones de años. Simplemente se le da al organismo lo que necesita para lograrlo, porque de alguna forma lo ha perdido. La acupuntura y la acupresión son vías análogas que funcionan igual para rescatar el equilibrio natural de los organismos que también se aprendieron de la observación. No sirve pelear contra la naturaleza, es una vía torpe y estúpida, ganamos más cuando la observamos y seguimos sus consejos.

Una de esas vías alternas para recuperar equilibrios es la meditación. La meditación la entiendo como un procedimiento mecanizado que aprovecha nuestra naturaleza fisiológica (la hiper oxigenación por vía de la respiración profunda, más la liberación inducida por esta de sustancias en el organismo que nos tranquilizan) con el que deberíamos lograr un estadio de suficiente relajación para permitir una observación consciente, super concentrada y aislada de todo; lograr una percepción profunda y despojada de perturbaciones, una mirada que pudiéramos llamar “humilde” porque se hace desde una aceptación absoluta, sincera y completa de la verdad. Es como percibir lo real tal cual es, sin la deformación de nuestros prejuicios, sin la condena de los demás, sin que la oculten nuestros temores, sin condicionamientos; sin que nuestra psique le ponga trabas para protegernos del dolor. Si logramos ver la realidad del desequilibrio tal cual es, encontrar el origen real y absoluto, es entonces cuando finalmente podremos saber con exactitud lo que debemos hacer para resolverlo. Quizás el ser humano antiguo, cuando éramos forrajeros en la sabana africana, no tenía los prejuicios culturales ni las distracciones que hoy tenemos, no necesitaba la “técnica” de la meditación, porque siempre observaba con absoluta humildad su vida desde la naturaleza más pura y, a partir de ahí, surgían las soluciones a sus desequilibrios. Ese pudo haber sido el origen de las medicinas chamánicas, las que disfrutamos hoy gracias a la acumulación sistemática de todas esas observaciones tan simples y cargadas de sabiduría.

 

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