La soñada reconciliación de Venezuela


Voy a ser un poco realista de entrada en mi planteamiento, porque yo no creo en reconciliaciones. Yo creo más en conveniencias, en que predomina el interés individual, en ponernos de acuerdo en algo para lograr un objetivo así estemos en aceras opuestas, pero coincidamos en algo hacia lo que converjan nuestros intereses y nos permita construir una tendencia, por puro interés personal y aglutinador como el que describían Adam Smith y Carl Schmitt. Necesitamos en el país un objetivo común que nos enamore por separado y que sirva de estímulo para ponernos a trabajar en una misma dirección. Quizás un buen susto que nos enderece (escribo esto en el triste contexto del terremoto del 24/junio).

Mientras sigamos creyendo en cuentos de caminos y cantos de sirena: libertad, democracia, trabajemos juntos, amor y paz, pues seguiremos estando tan convenientemente dispersos y divergentes, peleando entre nosotros, mientras nos siguen explotando como cantera de minerales y de talentos. Es mentira que nos vamos a reconciliar, ¿cómo puedo reconciliarme con alguien a quien percibo como agresor o perturbador de mi tranquilidad? ¿cómo hago con el vecino de toda la vida que un día metió candela frente a mi casa y no me dejaba salir en una emergencia, porque estaba protestando por la libertad? ¿la de quién? ¿la democracia para qué?

Para que haya un país posible, debe ser posible que exista un país. Un país no es un nombre y un dibujo en un mapa, tampoco es un terreno para explotar lleno de gente encima, como nos han tratado desde hace siglos. Es un ecosistema con seres vivos, venezolanos incluidos, que participan de un ciclo del uso de recursos y transformaciones. Un país es una comunidad geopolíticamente definida, con límites territoriales, y con una cultura común que define su identidad. Un país termina siendo como un pueblo que habita y convive en un territorio. En Venezuela, además de pobladores tenemos recursos: energía, agua dulce, espacios abiertos, diversidad biológica, diversidad geológica y diversidad geográfica, diversidad cultural. La cultura, sobre todo eso, es lo que mejor conforma la identidad necesaria para integrar un país, es lo que algunos llaman “el pegamento social”, y ahí está nuestra pata coja como nación. La cultura que prevalece en nuestros ciudadanos, sobre todo en los estratos sociales que han tenido más acceso a la educación, es la que nos sembró el colonialismo. Tenemos todo lo que nos hace falta para desarrollarnos como país, pero no logramos encontrar una vía para ponernos de acuerdo y organizarnos. Mientras no abordemos ese aspecto cultural, pues seguiremos sin país posible. Esa es nuestra principal debilidad.

Hay muchos académicos que recientemente han tratado el tema de la dominación y los hegemones, la colonización y el imperialismo, porque este problemita no es nuevo, es algo que existe desde que somos sapiens. Por ejemplo, desde el punto de vista estratégico y de dominación de territorios, Halford Mackinder propuso su teoría del Heartland, y luego el periodista Nicholas Spykman la complementó con la del Rimland. La dimensión cultural, la demográfica, la del Realismo Político que describió Hans Morgenthau con su libro Política entre las Naciones, y John Mearsheimer, con la pugna brutal en un entorno hostil; la del Orientalismo de Edward Said es también un clásico. Pero hace menos, el inefable Zbigniew Brzezinski nos hizo una buena síntesis con la que pretendió enumerar los requerimientos para convertirse en un hegemón, pensado como la teoría de un tablero de ajedrés para explicar la singularidad histórica del papel de los EE.UU. como única potencia verdaderamente global en la historia humana. Explicó que para haberlo logrado, se necesitaban cuatro cosas que tenían: poder militar, con capacidad de proyección global única (naval, aérea y tecnológica); poder económico, para convertir al hegemón en la locomotora del desarrollo tecnológico y comercial del planeta; poder tecnológico, para dominar las fronteras de la innovación científica y las tecnologías de la información; y poder cultural (Ideológico). Pero sobre todo, pensaba Brzezinski que en el caso de los EEUU, y desde la plataforma de América del Norte, el aislamiento territorial (un continente separado/aislado por los océanos), constituía una fortaleza geográfica privilegiada. Es decir: en este caso, el territorio patrio (homeland) mantiene un excelente resguardo desde donde puedes organizar el ataque artero y esconderte luego en una guarimba (me gusta leer las ideas de los asesinos en masa porque, por mucho que los deteste, debo admitir que sus análisis son muy exactos e incisivos, se aprende mucho de ellos sobre cómo dominar a los pueblos, de gente como Brzezinski, Kissinger, los directivos de las tecnológicas, etc., son una excelente fuente de estudio, aunque no admirable).

Justo después de recordar esta excepcionalidad territorial, por casualidad me llegó un mapa de Latinoamérica que les copio (gracias a quien lo hizo, me llegó por guasap sin créditos). Me dí cuenta sin analizar mucho, que en nuestro subcontinente sureño tenemos más que las condiciones territoriales que el amigo aquel reconocía, además de todos los recursos que mencioné antes y más de 650 millones de seres inteligentes y diversos que hablan una misma lengua, no como en la Unión Europea que muchos no se entienden, o como en los Estados Unidos, que muchos no se hablan. Y la triste conclusión es que nuestro problema de organización no tiene que ver con las ventajas, sino con las creencias y en quien creemos. Estamos colonizados desde los tuétanos. Y no me vengan con el argumento reduccionista de que cada quien es dueño de su destino y que la culpa de nuestro fracaso está en nosotros mismos.

Así pues, el conflicto nuestro definitivamente no es el de abrazarnos y pasar la página, eso no va a pasar, así como tampoco tengo esperanzas en que asumamos, entendamos e internalicemos los increíbles errores que hemos cometido de lado y lado. Tendrán que pasar varias generaciones para que limemos ese daño mutuo que nos hemos hecho y al que nos han inducido. Lo único que serviría en este momento, pienso yo, es que encontremos ese propósito nacional (diría que hasta latinoamericano) que sea capaz de voltear nuestra atención hacia un mismo sitio, que nos pueda sentar a discutir sobre las cuestiones trascendentales que tenemos por delante y de las que no sobreviviremos si no terminamos de entender su dimensión. Tenemos que conseguir los factores de la participación, encontrar todos los ángulos posibles desde los que cada uno de nosotros podamos contribuir en una gran tarea nacional; así nos detestemos los unos a los otros. Esa tarea nos dará un país posible. Después que exista un país, entonces podremos pensar en cómo desarrollarlo.

Les tengo un propósito, a ver qué les parece: hemos estado viviendo en un mundo que no es posible sostener, engañados y distraídos de una realidad que nos va a aplastar en menos de una generación. Y siento que lo más decepcionante, es que los venezolanos tenemos en nuestras manos, mejor dicho, en nuestro pies, la posibilidad de aminorar la dura transición que viene. Pero para eso, debemos prepararnos y entender que es lo único que nos puede salvar.

Estoy hablando del agotamiento de los yacimientos de energía fósil: El fin de los combustibles fósiles. Una circunstancia que traerá un cambio inimaginable para nuestra civilización, en particular la occidental (siempre recuerdo la respuesta de Ghandi a un periodista, cuando le preguntó su opinión sobre la civilización occidental, y respondió que le parecía una buena idea). Por cierto, Ghandi tampoco es una persona que admire y convierta en un santo por todo lo que hizo, al igual que con todos los seres humanos, tuvo cosas muy buenas y son las que quiero rescatar de él, pero también tuvo otras que no son tan loables . Los santos no existen.

Es decir, hemos perdido más de 20 años peleando por una propuesta que en esencia no hemos terminado de entender, un bando porque se cree más inteligente que el otro y la rechaza por sus “principios” (como los de Groucho Marx), y el otro porque se defiende y rechaza a quienes siempre lo han menospreciado, así sea juntándose con una banda de ineptos. No hemos entendido cuál es el enemigo real, nadie, no nos damos cuenta que el enemigo no es el “imperio”, sino que el imperio es la manifestación de quien ya identificó al enemigo, entiende el problema, y se prepara para defenderse. No tenemos un problema político, sino uno biológico: el enemigo es la escasez de recursos. Cualquiera que se presente como aliado para defendernos es otro que anda buscando lo mismo: su propia supervivencia. Es bueno a veces aplicar la de Tucídides, pero al final, quienes debemos defender lo nuestro somos quienes nacimos en este territorio. Nadie más vendrá a defendernos, sino a aprovecharse de lo que no sepamos defender. O, el último en salir que apague la luz.

Ah, ¿es que tú eres el único que entiende el problema? No se trata de asumir que tengo la razón definitiva sobre algún planteamiento, por el contrario, al suponer que puedo no tenerla es cuando me gustaría confrontar la validez de mis perspectiva con alguien que proponga algo diferente. Si estuviera seguro de mi razón mandaría al carajo cualquier discusión. Sin embargo, el problema está justamente ahí, en no poder discutir con alguien que tenga otra visión, porque simplemente no quiere o no puede discutir, porque su emocionalidad e intolerancia no le permiten la racionalidad mínima para asumir una confrontación seria y respetuosa de argumentos: reconocer y respetar al oponente. Estar dispuesto a aceptar que no necesariamente tiene la razón. Estamos trancados en ese punto, no tenemos un país por habernos estancado en esa diatriba inútil y necia. Al final, cada quien asume que su visión es la única válida y en esa divergencia, quien progresa es el estancamiento. Y quien se aprovecha, es el hegemón. Pendejos nosotros que se lo permitimos, a pesar de ser tan inteligentes.

La racionalidad que exhibimos pareciera servir sólo para justificar lo que hacemos, argumentamos con afán para explicarnos y convencernos de que no hay distancia entre lo que pensamos y lo que hacemos (sesgo confirmatorio). Vivimos arrastrando decisiones y emparejándolas con explicaciones, en lugar de devolvernos y aprender de los errores.

Considera esto: estamos trabajando para un mundo que no existirá, somos el motor ignorante que le dará la ventaja a alguien, a algún hegemón, en una competencia que ni siquiera conocemos ni sabemos en qué terminará ¿Alguien quiere discutir sobre la rentabilidad del Capitalismo o del Socialismo?, por ejemplo ¿empezamos? ¿O seguimos creyendo en que los modelos occidentales son lo mejor que ha logrado el Modernismo y hay que defenderlos a capa y espada?


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